Poesía

Alguien me dijo hace muy poco “querete vos”.

Alguien me dijo:

Alguien me dijo hace muy poco “querete vos”.
Si bien fue una frase más, dentro de la vertiginosa conversación,
quedó dentro haciendo repliques, que con los días fue aumentando su resonar.
Los domingos, son el gris plomo en mi paleta de acuarelas y, por lo general aplacan mi interior.
Así fue como en el silencio ese resonar fue creciendo y me sorprendió, sintiéndolo gritar en mi oído con decididas intenciones de que le prestara atención a lo que trataba de decirme.
Son necesarios esos momentos a solas, para reflexionar sobre lo que, a veces, relegamos o postergamos.
“Querete vos”…esa sí fue una frase ruidosa.
Eso, fue un predador adentrándose en mi cabeza.
Y allí entró en escena mi voz interior gritándome “yo te lo dije” “¿acaso te hacía falta escucharlo de alguien más?”
Es difícil ir contra ella, pocas veces erra y, aun así, cientos es ignorada.
Sabía que me había obstinado y excedido en darlo todo, en repartir todo ese querer, hacia fuera, sin importarme en esa entrega desbocada la oquedad que quedaría en mí.
Habiéndome puesto a escuchar, analicé esas dos palabras de manera tal que me sorprendí transformándolas en un extenso discurso que no paraba de dar vueltas hacia atrás y hacia adelante.
Fue meter en dos vocablos, una tesis completa, donde razonamientos y fundamentos, se apoderaron por completo de mí.
Es irrisorio, haber llegado hasta allí, con tan sólo dos palabras.

¡Pero que palabras!

Las dos palabras más verdaderas, más poderosas, devastadoras y a la vez edificadoras, que podrían haberse metido en mi mente.
Dos palabras, que si bien conocía de toda la vida, tomaban por primera vez un protagonismo voraz dentro de mí.
Y quedé exhausta, agotada en exceso.
Sentí haber sido apaleada por los puños de mi conciencia.
Y desperté, simplemente desperté a una realidad que había mantenido disfrazada de quizás.
Desperté a un “es” que había reemplazado a ese quizás.
Y sonreí, por un momento sonreí, después de haberme gastado de llorar por desoírme, sabiendo que había llevado esas dos palabras tan banalmente dentro de mí durante años, sin darle el más mínimo sentido, sin haberle obsequiado el valor que tenían.
Pero alguien las rescató, alguien las sacó a flote.
Las palabras tienen el poder de arrancarnos las vendas que cubren nuestros ojos y nos impiden ver lo evidente.
Y entendí, que lo que me había estado ahogando, había sido ese “quererme yo” que menosprecié durante tanto tiempo y malogré irresponsablemente.
El domingo se va acabando, el gris topo le irá cediendo el lugar en mi paleta, al celeste cielo del lunes que llegará en breve.
Mi mente se ha aclarado y ha cubierto a mí ser, de un manto en blanco donde la vida, hoy se comienza a reescribir.
FEMA

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