Poesía

ALZHEIMER: No me olvidé de ella 

ALZHEIMER No me olvidé de ella
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ALZHEIMER: No me olvidé de ella

– ¡Oye!, ven acá, ¿dónde estoy? – Me detuve, un poco confundida, no le entendía esa pregunta a la anciana, que más de una vez había visto deambular por el parque.
– ¿No sabe realmente dónde se encuentra?- le pregunté curiosa…
– Noooooo, yo no me acuerdo de este lugar, ¡no sé cómo vine aquí! – miré su rostro y pude ver la desesperación que reflejaba su mirada…
¡Ufff! como me pasaba esto a mí, tenía el tiempo justo para ir con mi novio a nuestra cita y ahora esta viejita… pero no la puedo dejar tirada en mitad del parque…- pensé.
– Venga conmigo, nos sentaremos por aquí, seguramente su familia la anda buscando así que esperaremos.
– ¿Cómo se llama?
-No lo sé.
– ¿No lo sabe? ¿Cómo puede olvidar eso por Dios?
– ¡Pues no lo sé! ¡Cómo se puede ser tan tonta y no entender que no lo sé! – me respondió irritada…

Ya a estas alturas, me di cuenta que la viejita realmente estaba perdida no sólo en el parque sino en sus recuerdos, asustada miraba de un lado a otro, musitaba palabras ininteligibles y se frotaba las manos.
– ¡Maria! ¡María por Dios! ¿Cómo me haces esto? ¡Tengo ya rato buscándote mujer!
Un día me matarás del susto. – Eran las frases de un anciano que tomaba a la señora y la abrazaba… y ella imperturbable le miraba con esos ojos perdidos, con el rostro sin emoción…

– Señorita, ¿Usted encontró a mi María?
– Sí señor, ella no sabía dónde estaba, yo le dije que nos sentaríamos acá esperando a que un pariente llegara y ya ve, apareció usted.
– Dios se lo pague… ¡llevo horas buscándola! No tuve el cuidado de cerrar la puerta de la casa y se me salió, fue un terrible descuido, no me perdonaría nunca si le llega a pasar algo… señorita usted es un ángel, de nuevo. ¡Muchas gracias!
– No fue nada señor, pero ¿por qué ella no recuerda dónde vive? Yo los he visto a ambos por las calles de la ciudad paseando… Yo sé que son de Diriamba… el anciano me miró con ojos tristes y brillosos… pude percibir su tristeza y dolor, pasó por su frente una mano como para ordenar sus recuerdos y me habló:

“Conocí a mi María hace ya más de 50 años, precisamente yo estaba sentado en la acera de la Basílica que tenemos enfrente, y ella revoloteaba como una mariposa, acompañada de unas amigas. Fue de verla y yo enamorarme… desde ese momento todos los fines de semana yo venía a este parque para mirarla, aunque no me atrevía a acercarme por temor a su rechazo… ¡Era tan linda mi María señorita!

Parecía una virgencita, su sonrisa era como la de los pájaros y sus trenzas adornadas por flores la hacían ver tan preciosa…
Uno de esos días agarré valor y le hablé y me miró… esos ojazos azabaches aceleraron mi corazón.
Este atrio de la Basílica ha sido testigo de todas nuestras alegrías: nuestra boda, los bautizos de los ocho hijos que me dio y nuestra presencia todos los eneros en las procesiones de San Sebastián, siempre juntos en las buenas y en las malas hemos vivido… siempre, aunque ella es enojosa , nos contentábamos de cualquier discordia antes de irnos a acostar, porque vea usted, como se puede dormir uno sin abrazar a su mujer…
– ¡Qué bonito amor! -, le interrumpí… María a todo esto, continuaba a recostada con la mirada perdida, mientras su esposo le acariciaba la cabeza…
Ella fue cambiando poco a poco… olvidaba donde ponía los objetos y yo me reía por lo desmemoriada que era… de repente no recordaba los nombres de nuestros hijos, o las fechas importantes…a veces me trataba mal sin motivos y yo empezaba a preocuparme porque ella estaba diferente. Un día olvidó apagar el fogón y casi provoca un incendio, pero lo peor fue cuando se fue a hacer un mandado a Dolores y comenzó a pegar gritos por las calles porque no sabía cómo regresar a Diriamba. Uno de mis hijos la llevó a Managua a un hospital enorme y le dijeron que mi María tenía una enfermedad rara, no me acuerdo ese nombre enredado señorita, pero es esa donde ella pierde los recuerdos…
– Alzheimer señor, se llama Alzheimer – le contesté.
– Sí, ¡esa es!- Usted sabe mucho…
Y bueno. Yo la cuido, le doy sus comidas, la aseo, le hablo de nuestros hijos, le cuento de nuestro amor y en esos momentos hasta me parece que me recuerda… Hay días en que amanece bien y me dice mi nombre y me hace feliz, pero son ratitos… luego me olvida.
– Muy triste su historia señor, pero que bonito que usted siempre está con ella…
– Señorita, hace más de 50 años yo juré amar a esta mujer y estar con ella en las buenas y en las malas, hasta que Dios quiera… ella, lo borró de su memoria pero yo no….
Fíjese que hay algo curioso… en las noches que me acuesto a su lado, ella dormida me abraza y pone su cara entre mi cuello, respirando mi olor, como siempre lo ha hecho… para mí eso significa que su mente me ha olvidado, pero su corazón aún me recuerda – Diciendo esto besó tiernamente la frente de “su María”, se levantó y la tomó abrazándola… me dio la mano y se alejó.

Unas lágrimas asomaron por mis ojos y resbalaron por mis mejillas, mientras miraba alejarse a aquella pareja de ancianos…
– ¡Que conmovedora historia de amor! ¡Qué terrible debe ser morir sin pasado¡ – pensé.
Estaba absortada, como estaba no me percaté del hombre joven y guapo que me miraba recriminadamente.
– ¡Qué barbaridad, amor! Llevo más de media hora esperándote en nuestro sitio… iba a buscarte a tu casa y ya ves donde te encuentro tranquilamente sentada.
– Ayyyy amor, disculpa, estaba tan a gusto escuchando una historia de amor puro e incondicional, que te olvidé.

Autor: Silvia Elena Maya Vega
Fotografía: Almos Bechtold

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