Poesía

Carta de una dama: Un escrito como suelo hacer.

Te haré un escrito:

Un escrito como suelo hacer,
hablaré de los planes ultra secretos
y de las ganas que tengo de encontrarte.
Comenzaré diciendo que me faltas y que ando incluyendo tu nombre en cada cosa y paso que doy y hago.
Te he colocado ya, los besos más bonitos.
De un tiempo para acá siento que “bonito” se creo para adjetivar todo lo que tenga que ver contigo.

Acomodaré las palabras para confesar que ésta espera me mata,
pero no me quejo, esperar y buscar sin querer, hallarte, es casi un placer.
No trataré de convencerte, pero a riesgo de parecer un tanto ridícula, diré que tu alma y la mía se han estado buscando cientos de veces en la misma vida desde mil trescientas perspectivas.
Al leerme sabrás por qué los domingos me saben a melancolía
y el por qué los quince segundos antes del amanecer, cuando todo se extingue, sola, me quedo en la calzada pensando, sin decirlo, en robar el coche y huir detrás de mis deseos de adolescente trasnochada.

Tú eres la enfermedad de la que estoy enamorada

La eterna recaída.
Somos dos rompecabezas con las piezas del corazón perdidas.
No prometeré que voy a quererte a la perfección,
pero sí que al reunir cada pieza y adherir una que otra, lo haré con cuidado
y con la intención de que al ser más completa, seas feliz.
Y es que tu tristeza, junto con la mía, hacen una felicidad.

Te escribiré una cartita, como suelo hacer, ojalá vengas hasta donde estoy y la leas.
A lo mejor tienes miedo de que tu mundo deje de tener sentido si vienes, si te quedas,
y, bueno, qué te puedo decir yo, si también creo que podría ser así.
Pero ya sabes lo que dicen, “tal vez si hacemos de esto algo malo, nos dure toda una vida”.

La verdad es que yo te quiero todos los días de la semana, en el desayuno, en mi cigarro de medio día, en mis poemas, en la cola del súper. Y me quiero a mi en tu vida.

“Tal vez piensas como pienso, y me une a ti la misma coincidencia”.

Aquí es cuando espero que entiendas si no te llamo por tu nombre
y te pongo uno que hable de las comillas de tu sonrisa, de tus ojos tristes o de las madrugadas escribiéndote.
Alguien me enseñó alguna vez que debemos llamar a las cosas por su nombre porque, de no hacerlo, se convertirán en nada.

Y no queremos ser “nada”. Queremos hablar, que la panza siga doliendo.

Autor: Anónimo

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