Poesía

Hace tiempo me encontré con una mujer hermosa

La mujer más hermosa y bella

Hace tiempo me encontré con una mujer hermosa.
Ya no lo puedo callar.
Era perfecta, o por lo menos se asemejaba a la perfección.
Tenía unas estrías vagamente marcadas en los costados de su cadera,
producto de un crecimiento de vientre tras un embarazo.
Al fijarme despacio y detenidamente pude observar un poco de la llamada celulitis en la parte alta de sus piernas,
por detrás. Quizá marcas de guerra por la misma batalla.
Por supuesto también me percaté de que su abdomen no era plano,
sino que incluso sobresalía un poco más de carne de lo que ella comenta que años atrás no tenía.
Sus pechos eran delicados, bellos,
con cierta caída natural que a ella molestaba un poco pues decía que antes no eran así.

Ante mis ojos era perfecta.

Una belleza normal y natural en plenitud.
Me confesó que debía con regularidad extraer pequeños bellos que crecían bajo su nariz, y que a su vez,
debía soportar como morían gran parte de sus cabellos en la ducha y en el cepillo.
Yo no podía saber todo eso, seguía siendo perfecta para mí.
Me comentó que los días le pasaban a prisa y sus pies cada vez se cansaban más,
debía lidiar cada mes con su periodo que ella califica como cada vez más insoportable.
Nadie a su alrededor se daba cuenta.
Yo solo la miraba a los ojos, llenos de vida y de experiencias, entre sabiduría y nostalgia.
La miraba mientras hablaba y sus labios parecían de caramelo,
escondían siete verdades y un secreto que a la tumba llevaría.
Le miré sus manos y pude entender cuantas veces acariciaron,
cuánto cuidaron a otras personas, y cuantas veces amaron.
Era la perfección. Ella no trataba de aparentar lo que no era,
pera mi eso fue su mayor atractivo.
Y esas heridas de guerra, a pulso y con orgullo se las ganó.
Esa, amigos míos, era la mujer perfecta, una mujer real y maravillosa.
Una mujer que lleva en su cuerpo las marcas de haber sido mamá.

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